UNA HISTORIA ¿ADMIRABLE?






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Cuando la admiración es un problema

Hace unos años vino a verme una mujer con un problema. Había hecho de la ayuda a los demás su principal actividad y su motivación de vida. Todo su tiempo libre lo dedicaba a innumerables actividades que abarcaban desde un comedor social, donde colaboraba como voluntaria tres días a la semana a la hora del mediodía y dos más por las noches, pues el resto lo ocupaba en estar con su propia familia, compuesta por un marido (18 años casados) y tres hijos de 11, 13 y 16 años.

También una o dos noches a la semana (según circunstancias) colaboraba con otra asociación que, desinteresadamente por supuesto, acompañaba a enfermos en el hospital de su ciudad. No se limitaba a los enfermos que carecían de familia, que alguno había, sino también a aquellos que teniendo familia necesitaban una "ayuda" o simplemente necesitaban también unas horas de descanso. Ella siempre estaba dispuesta a ayudar a cualquiera que se lo pidiera.

También procuraba dedicar todo el tiempo que podía a sus propios hijos, a atender la casa. en fin, una persona profundamente dedicada a ayudar a los demás. Y aún había una par más de actividades de relleno que obvio enumerar.

Vino a verme dolida porque sus hijos no lo sentían como ella y, en especial el mayor, había llegado a echarle en cara (y no pocas veces) su egoísmo por el poco tiempo que les había dedicado, ¡a ella que se esforzaba en ayudar a todo el mundo! Vino a verme porque su marido le había dicho que la iba a abandonar ya que él quería a la mujer con la que se casó y con la ong en que se había convertido. De últimas cansado de reclamar su ración de cariño y atención decidió buscarlo en otro lado.

También vino a verme porque ya no soportaba las actitudes exigentes de los indigentes que diariamente llenaban el comedor social, y en especial con ella, ya que no le perdonaban ni un error, según ella, y aunque se esforzará, no podía dejar de experimentar que nunca los atendía al gusto de quienes, con gusto, servía y aumentaba su sensación de inutilidad. En fin, vino a verme cansada de ver a los familiares de los enfermos abusando de su buena voluntad. y al final, cuando cayó enferma a causa de la depresión de todo lo que se arremolinaba en su vida se encontró con que. nadie iba a verla; tan sólo su hijo de 13 años que, según reconoció, era el más parecido a ella misma.

Mientras me contaba todo esto su rostro y su actitud seguían siendo las de una persona amable, muy amable. Incluso, aunque había venido a que la tratara, su actitud seguía siendo de bondad y protección , en este caso hacia mí y se tomaba interés por saber si me encontraba bien y cómodo y preocupada por si me agobiaba con sus problemas.

Indagando con ella en la búsqueda de la causa de su actitud (pues un mismo resultado puede tener diferentes causas que lo originen en diferentes personas) acabamos encontrando un padre (maravilloso para ella) que siempre estaba dispuesto a ayudar; a ayudar a los demás, no porque no amase a su propia familia, pero parecía no tener límites a la hora de entregarse a los demás, a los de afuera de su propia familia. Tal era así que me confesaba que su propia madre se mostraba abiertamente crítica y en desacuerdo con su marido, quejándose con frecuencia de la poca atención que prestaba a su propia familia.

Ni que decir tiene que para nuestra protagonista de hoy las cosas no eran como lo eran para su propia madre, sino que ella veía que su padre, efectivamente dedicaba mucho tiempo a los demás, pero no era menos cierto que también estaba en casa y dedicaba su atención y cariño a los suyos. Tal era la veneración de aquella mujer por su padre que, siempre que le era posible trataba de ir con él y disfrutaba con su admirable padre ayudando al prójimo. El reconocimiento social que su padre tenía a ella la llenaba de profunda satisfacción y alimentaba aquella admiración por él. La actitud de su propia familia (madre y hermanas) hacia su padre, en cambio, le parecía injusta.

Ciertamente había un fuerte espíritu religioso, pero nos equivocaríamos buscando al menos en este caso) meramente en esa dirección. Era justamente aquella admiración al padre la causa de su problema de entrega a los demás. Sí, has leído bien, problema de entrega a los demás, pues inconscientemente buscaba tanto la emulación de aquello que tan admirable encontraba en su padre, como el reconocimiento social que obtenía. Claro que en su caso el reconocimiento social no lo conseguía, e incluso por más que se esforzaba por ayudar a los demás difícilmente se sacudía la sensación de que no hacía bastante y que no se entregaba suficientemente a los demás.

Y es que las estructuras admirativas, que es como llamamos en La Integración del Ser a aquellos comportamientos que se anclan (en el tiempo) en algo que admirábamos en nuestro padre o en nuestra madre, resultan ser tan problemáticas y destructivas como un buen trauma. Este tipo de estructuras nos impelen a actuar de un modo que trata, inconscientemente, de superar el modelo admirado. El problema está en que, al ser algo admirable no es superable, y la estructura emocional que crea (y de la que no hay consciencia normalmente) suele acabar en autosabotaje inconsciente, por más que la persona se esfuerza de buena fe en, en este caso entregarse a los demás y recibir el consiguiente reconocimiento. Desde el plano consciente de aquella mujer no había una búsqueda de reconocimiento, y de hecho inicialmente negaba que hubiera tal deseo por su parte, hasta que pudo ver como la iba hundiendo la falta de aquel reconocimiento que creía, de buena fe, no buscar.

Pero además aquel deseo, necesidad de entregarse a los demás estaba basado en la necesidad inconsciente de emular a aquel papá que ayudaba a la gente que lo necesitaba. Trabajar con ella aquella estructura inconsciente de admiración (es cierto que no sólo aquello, pero sí que fue fundamental aquel enfoque) dio un vuelco a su vida.

Por un lado dejó de "necesitar" ayudar compulsivamente a los otros. De hecho no dejó de hacerlo, pero lo hizo de un modo mucho más mesurado, y en actividades que también le resultaban gratificantes. y dejó de ir al hospital por la noches a cubrir lo que los familiares de los enfermos no tenían a bien cubrir, abandonó el comedor social (cosa que hizo que una persona fuera contratada y por tanto pagada por el servicio), empezó a relacionarse con sus hijos de un modo algo diferente, pues el tiempo que les dedicaba ya no estaba en función del tiempo libre que le dejaban sus ocupaciones, lo que le permitió darse cuenta cómo en muchas ocasiones la dedicación a ellos la había vivido como un estorbo para su labor y, ¡oh sorpresa! se encontró con que ellos dejaron automáticamente de quejarse e incluso le daban ideas y colaboraban con ella cuando, por ejemplo se embarcaba en llenar un camión con material pedagógico para niños saharauis.

Lo último que supe de ella era que estaba indecisa entre que volviera su marido a su vida de convivencia o iniciar una relación con un voluntario de la Cruz Roja, pero eso ya pertenece a otra historia, lo bien cierto es que su necesidad compulsiva de ayudar, en realidad de comprar cariño, afecto y reconocimiento a través de la entrega a los demás, había pasado a la historia y, por fin, en ese aspecto podía ser ella misma.