LAS ESTRUCTURAS DE MUERTE






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Con mucha frecuencia encuentro casos, situaciones de personas, que han visto su vida afectada por la muerte de una persona próxima y querida.

En algunos casos la perspectiva es realmente dramática: Carlota, una joven de apenas 22 años tiene una situación laboral envidiable. Trabaja como secretaria de dirección en una empresa de proyección internacional, para lo que le ayuda su conocimiento de idiomas. Goza de un buen sueldo y un horario de trabajo razonable. Hasta ahora. Hasta ahora, su empuje, su iniciativa y ganas de hacer bien su trabajo le ha granjeado el respeto en su trabajo, y además se hacía valer y valorar... De repente murió su madre, con la que estaba muy unida (padre ausente y vivía lejos). Fue algo inesperado. La noticia la hundió. Pese a cogerse una baja no conseguía salir del pozo en el que se encontraba. Seis meses después le habían dado un ultimátum en la empresa en la que trabajaba, o volvía al trabajo y con las ganas de siempre o serían necesarios sus servicios. (Inicialmente todo fue apoyo para ella desde su empresa pero, andando el tiempo, y con su ausencia fueron cambiando las cosas). Pero ella se sentía incapaz de volver y menos con entusiasmo.

Su relación de pareja había entrado en picado desde el día mismo de la muerte de su madre y Carlota había, rápidamente, perdido todo interés por su novio. A los tres meses cortaron la relación. Los fines de semana no tenían fin para ella y el alcohol y otras cosas eran imprescindibles para "aguantar".

A mí me llegó de rebote, de la mano de un buen amigo médico que la trató en urgencias un domingo de excesos.

Hicimos una primera sesión en la que tan sólo abordamos el problema de la muerte materna. En realidad, lo que abordamos fue el impacto que le provocó la noticia de su muerte inesperada. Fue suficiente. Todo lo demás era, fundamentalmente, una consecuencia disparada por el conflicto que se creó en el momento en que le comunicaron la muerte de la madre. Después siguió tomándose algunas sesiones más pero para entonces había recuperado sus ganas de vivir; dos semanas después de la primera sesión y, aunque no había sido admitida en su anterior trabajo encontró otro, no muy diferente y en el que, ya en el periodo de prueba, le ofrecieron pagarle una cantidad similar al que cobraba en su empresa anterior.

Por supuesto siguió saliendo los fines de semana, 22 años, pero ya no necesitaba autodestruirse más o menos inconscientemente; salía se tomaba una copa, bailaba. Volvió a salir con el antiguo novio (antiguo de 3 meses atrás) y ni rastro de depresión o hundimiento.

Evidentemente Carlota no ha resuelto todos sus problemas, pero la muerte de un progenitor es, con frecuencia desencadenante de una situación que no puede superar el sujeto. El caso presentado es un poco extremo. Veamos alguno más:

Vicent, hombre joven en la treintena ha perdido a su padre. En realidad murió hace dos años y el impacto no fue tan espectacular como en el caso anterior. También fue una sorpresa, no algo esperado, pero sus relaciones con su padre no eran muy buenas; apenas se hablaban, tenía una pobre opinión de su progenitor y, hasta el momento de su muerte, era más como una relación que le estorbaba. Tras la noticia de su muerte, nuestro joven entra en crisis; cuatro meses después le despiden del trabajo y al año se separa de su esposa y de su hijo pequeño (de dos años). Pese a una sólida formación profesional y el trabajo que quisiera, apenas mantenía unas semanas cualquier nuevo trabajo. Finalmente se refugió en la familia (madre y dos hermanas) que lo acogieron en la casa familiar y allí se dedicaba a vegetar, menos cuando conseguía trabajar algo, cosa que rápidamente le llevaba a gastar el dinero en borracheras.

Como en el caso anterior, el tema se abordó en la primera sesión. Dos meses después había rehecho su vida, trabajo estable, recuperada su relación con su esposa e hijo y, como producto de otras sesiones que hicimos, mejoró su relación con su madre y hermanas a quienes le pudo agradecer, de verdad, su ayuda y apoyo.

La historia de Soledad es tan sorprendente como las anteriores pero de un modo diferente. Vinieron ella y su marido a verme (la pareja estaba frisando los cuarenta) y ella se quejaba de un problema en el brazo derecho. No podía moverlo desde hacía mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo?, quise saber, - Unos dieciocho años, contestó. Y que pasó, le pregunté. - Murió mi padre, fue su lacónica respuesta.

Me contó que su padre murió estando ella delante, de hecho, precisó, murió en mis brazos. En su descripción del momento de la muerte de su padre estaba, efectivamente en sus brazos, y la cabeza del padre reposaba en el hombro derecho cundo exhaló su último suspiro. "Casualmente" el brazo/hombro que no podía mover. En realidad tenía un pequeño movimiento pero le resultaba imposible alzarlo siquiera a un tercio de la altura del hombro. Tras la sesión de rigor y, como no, enfocando el momento en que aquel padre murió en sus brazos, recuperó la movilidad del brazo (en realidad la recuperó unas seis u ocho horas después).

No todas las muertes de seres queridos son tan traumáticas o suponen un quebranto total en la vida de la gente, afortunadamente, pero si indica una tendencia en la que el impacto, fundamentalmente, creado en el instante en que me dan la noticia de la muerte del ser querido, o del momento en que me doy cuenta en que ha muerto (si estoy presente), desencadena una especie de flash, como de desconcierto en el que la persona se siente incapaz de reaccionar. Ese y no otro es el punto en que enfocar, entrar y resolver lo que quiera que haya generado.

En líneas generales las muertes son causa de pérdida de vitalidad en unos casos, de arrastre de un dolor profundo que excede el tiempo natural del duelo y durante meses u años se lleva encima.

Con frecuencia, al preguntar a algún cliente sobre alguna muerte importante habida en su historia personal, empiezan diciendo algo así como, "Bueno, murió mi madre (hace dos, 7 o 12 años), pero ya lo superé". Pero cuando la persona es invitada a recordar primero y sentir después aquellas emociones, de nuevo les embarga una profunda emoción que, con frecuencia les hace derramar algunas lágrimas de dolor.

En estos y otros casos, debería ser suficiente un solo enfoque, una solo entrada y breve rato de tiempo para resolver aquel dolor y el sufrimiento que llevaba aparejado.

No van a desaparecer los recuerdos sobre la muerte de la persona querida, pero ya no podrá sentir el dolor, la angustia y la tristeza que, aún años después, seguía sintiendo.

Se deshace aquel desconcierto, aquel cortocircuito se restablece y la persona puede pasar página y seguir su vida.